Mirando lugares que no me daba cuenta que los tenía tan cerca y contemplando los espacios.
Porque ahora contemplo lo espacios… y las distancias.
Ellos y yo. Él y yo. Yo, conmigo.
Los enojos fueron parte de algo que ni yo sabia bien a que se debían. Supongo que todo parte de mi vulnerabilidad al descreer de mis propias creencias. Y justo en estos momentos temí que pasara eso.
[Como si nada empezó a escribir.
En su desgastado cuaderno negro hacía retratos; retratos con palabras difamadoras e insensibles incluso para su propia alma. No tenía códigos ni esperanzas por encontrar alguno.
Sin escrúpulos, movía la birome que sangraba tinta espesa, casi tan cruda como sus sentimientos repudiantes de verdad.]

Ella no tiene ganas de quedarse. Sin embargo la valija hecha no se mueve, y sus ideas verdes empacadas empiezan a ser cada vez más grises.
Tampoco tiene ganas de desarmarla. De vaciarla para volverla a armar. No tiene ganas de sacar el viejo cuaderno con las ilusiones escritas en reglones borrosos, ni hacer un esfuerzo para entender la letra no legible producto de impulsos acelerados por ver una pequeña puerta de escape a lo lejos.
No quiere hacer nada de eso.
No quiere caminar. No quiere moverse.
Y la valija sigue allí. Estática. Dramática y sin salida.
Justo como ella.