Develando realidades (II)


En donde nada tiene que ver con nada, suelo estar yo.
Mirando lugares que no me daba cuenta que los tenía tan cerca y contemplando los espacios.
Porque ahora contemplo lo espacios… y las distancias.

El espacio que nos une y la distancia que nos separa.
Ellos y yo. Él y yo. Yo, conmigo.

Casi siempre ó más siempre que casi.

Estéticamente correcto

Las imágenes contrastadas; el día gris y los árboles amarillos. Miro por la ventana mientras espero sentada en el bar imaginario con el café profundo y humeante. Creo escuchar el silencio de las hojas al caer que se acerca lentamente.
Un bohemio en el escenario del bar. El vagabundo con la vida escondida en el estuche de una guitarra gastada. Toca distraído una bosa nova improvisada, y confunde acordes de jazz, en esa guitarra, un poco desafinada. Sigue tocando para un público flemático que parece pintado en este cuadro correcto; podría llamarse, si quisiera, estéticamente correcto.
En la barra un hombre. El señor de la corbata floja, cabello descuidado y el cigarrillo que se consume solitario en el cenicero. Parece un tanto culpable por algo, quizás por simplemente ver el cigarrillo, por no olerlo, por no probarlo. Por no volver a casa, hasta que ya no haya razón para seguir sentado solo, sin compañía, sin cigarrillo.
En una mesa distante, una pareja. Enfrentados, se miran. Ella piensa que es muy tarde; él, la sigue amando. Y claramente se reflejan en la vidriera que da a la calle pintoresca.
La mujer de piernas largas, tapado negro, y labios rojos. Pide un “scotch on the rocks”. Se sonríe, y voltea su rubia y platinada cabellera a un lado, y sin darse cuenta entra en un juego de seducción fortuito con el cantinero. Él se acerca y le entrega el trago; ella roza sus dedos. Toma el trago, se aleja de la barra y se sienta en la mesa de enfrente. Cruza sus piernas y el tapado ya no cubre el tajo del vestido que combina con sus labios. Se sonríen, y así el juego continúa de tanto en tanto.
A unos metros mío, el cliente regular. El viejo y su periódico, las mañas en el habano, y el café que parece centro de mesa. Hojea, fuma; no mira, no escucha. Está, solo, está. Como si fuera el retrato viviente (y no tanto) del lugar.
Y yo sigo esperando. Sigo esperando a que las letras que puedan describir este mundo lleguen, se plasmen y reflejen lo estéticamente correcto de un día gris con árboles amarillos, en el libro de las crónicas ficticias que guardan verdades. Que duelen y sanan las heridas de siempre. Espero el nuevo momento para seguir narrando las crónicas de muchos días de otoño… con sus frías lluvias, las letras… que reflejan mi alma y el café… mi sana adicción.

Sus ingenuidades

Ingenuamente conmovedora.
Ella todavía cree en el potencial de las personas.

Se arriesga por nuevas caras que le inspiran interés.

Interés en curiosear la vida desdes otros ojos.

De interpretar aventuras mediante anécdotas.

De creer en valores útopicos y forjar ilusiones blandas y blancas.

Interés en compartir sus palabras secretas y canciones volátiles.

Interés en animarse a mostrar lo que ni ella se anima a ver.


Ella todavía no quiere reconocer que le gusta ser

ingenuamente feliz.

Develando realidades (I)

Los enojos fueron parte de algo que ni yo sabia bien a que se debían. Supongo que todo parte de mi vulnerabilidad al descreer de mis propias creencias. Y justo en estos momentos temí que pasara eso.

Estados pertenecientes

Estado de no pertenecer a nada.
Ilegalmente entre cosas no propias,
entre cuentos maldichos,
entre anécdotas perdidas
y sonrisas que poco valen.
Estado de querer huir.
De no poder decidir si norte o sur,
de no poder hacer otra cosa
que dar tres pasos al costado.
Estado de ser quien soy.
Rogar por un momento para
pertenecer a los sinnombres,
a los sin complicaciones.
Estado de exclusión.
De momentos que riman con confusión.
Ánimos de querer estar cuando no estoy.
Estado de pertenecer a lo (in)pertenecible.

Irrespetuosa bitácora de un desconocido (Intro)


[Como si nada empezó a escribir.
En su desgastado cuaderno negro hacía retratos; retratos con palabras difamadoras e insensibles incluso para su propia alma. No tenía códigos ni esperanzas por encontrar alguno.
Sin escrúpulos, movía la birome que sangraba tinta espesa, casi tan cruda como sus sentimientos repudiantes de verdad.]





Foto: Sebastian Januszevski

Sin viaje



Ella no tiene ganas de quedarse. Sin embargo la valija hecha no se mueve, y sus ideas verdes empacadas empiezan a ser cada vez más grises.
Tampoco tiene ganas de desarmarla. De vaciarla para volverla a armar. No tiene ganas de sacar el viejo cuaderno con las ilusiones escritas en reglones borrosos, ni hacer un esfuerzo para entender la letra no legible producto de impulsos acelerados por ver una pequeña puerta de escape a lo lejos.
No quiere hacer nada de eso.
No quiere caminar. No quiere moverse.
Y la valija sigue allí. Estática. Dramática y sin salida.
Justo como ella.



Ilustración de Irisz Agocs